miércoles, 29 de junio de 2016

El Brindis


Todos los reunidos buscaban una explicación sobre lo ocurrido. Las acusaciones iban y venían por la sala. Unos a otros se alzaban la voz o los puños según les dictaba su naturaleza, pero nada ponía fin a la discusión.

Una voz como el trueno silenció el algarabío, y todos giraron las cabezas para cruzar la mirada con la de su señor. El miedo atenazaba sus corazones, pues cuando manifestaba su majestad nadie se atrevía a desafiar la supremacía de aquella autoritaria figura sedente que los observaba con pesar.  Hizo un gesto con su cetro y designó al más dotado de todos pidiéndole que se acercara.

El muchacho medía apenas tres codos y su rostro seguía siendo joven, carecía de vello alguno en su redonda cabeza y en todos los rasgos de su rostro. Su ojo derecho era del color de la jalea real y tan inquisitivo que ninguno de los presentes podía sostener su mirada más de un segundo. El izquierdo era de un gris tan pálido que casi podrías creer que era blanco y ciego, pero tan misterioso que muchos de los que lo miraban quedaban embrujados.

-            Escuchad, bienaventurados señores de los hombres – exclamó alzando los brazos para captar la atención de su reducido público –. Pues esta es la historia de cómo la soberbia nos condujo a nuestra funesta caída y encierro. La historia, oh dioses, de quien nos condenó.

--------

Cuenta la leyenda que nunca ha existido un héroe como Beligeronte, ni tan apuesto, ni tan diestro con las armas, ni tan capaz en el arte de las palabras. Los dioses velaron por su entrenamiento y protección desde el momento de su portentoso nacimiento, pues en su destino se había fijado que acabaría con la oscura sombra de los Dioses del Caos.

Tres fueron sus tutores: Aristometis, el Búho Ancestral, Pangastro el Gigante Insaciable y Ragé, el Frío Viento del Oeste. Cada uno de ellos le enseñó el arte de la disciplina en la que más destacaban: la estrategia, el combate y la caza.

Pero la aguda intuición de Beligeronte le hizo sospechar que sus maestros callaban muchos secretos acerca de las artes que domeñaban. Así pues, urdió un plan para derrotarles y obligarles a revelarle aquellos conocimientos que guardaban tan celosamente.

En la morada arbórea de Aristometis tendió una enorme red entre las ramas de los árboles. Después le arrojó flechas y venablos hasta que la bestia salió despavorida hacia el cielo y quedó atrapada en aquella intrincada maraña. Cuando cayó al suelo, Beligeronte la aseguró con recios nudos y sólo quedó liberada cuando todos sus secretos le fueron revelados, entre ellos cómo derrotar a su insaciable maestro.

Pangastro era mucho más fuerte y fiero que Beligeronte y diez veces más irascible, de modo que aprovechó esta debilidad y le provocó para que le persiguiera a lo largo de llanuras, colinas y bosques. Cuando Pangastro no pudo dar un paso más, Beligeronte le empujó a una honda sima dónde quedó cautivo. Por derecho de victoria, le pidió que revelara todos sus secretos, pero Pangastro se negó. Aunque la terquedad del gigante le contrariaba, Beligeronte llegó a un acuerdo con aquella criatura a pesar de su posición aventajada: sería liberado si le ayudaba a derrotar al viento del Oeste, a lo que el gigante asintió enojado.

Ragé rió con fuerza huracanada cuando le retaron a una carrera hasta la honda sima donde Pangastro aguardaba, ignorante de la situación de su compañero y de los planes de su pupilo, pero aceptó de todos modos, pues disfrutaba con el sentimiento de victoria. A pesar de la nada desdeñable velocidad de Beligeronte, y por mucho que se esforzó, Ragé le derrotó. Pero al atravesar la meta designada fue atrapado por las enormes manazas del gigante, e incluso un viento tan fiero y frío como Ragé fue incapaz de escapar de aquella presa irrompible.

Beligeronte encerró al viento en un saco mágico confeccionado a tal efecto con el vientre de un troll, y entonces le obligó a revelarle todos sus secretos. Pero ni siquiera después de que su maestro hubiera revelado sus conocimientos quiso liberarle, ya que podría llegar a serle útil en el futuro.

Cuando Pangastro pidió que se le liberara, recibió una negativa como respuesta, ya que si no revelaba antes todos sus secretos Beligeronte le dejaría allí hasta que muriera de hambre. Pangastro, torturado por la agonía de la inanición, prefirió devorarse a sí mismo y que su saber muriera con él antes que compartir sus experiencias con un mortal.

Sólo cuando hubo demostrado que podía derrotar a sus maestros, recibió los regalos de los dioses. Las aguas del río junto al que se entrenaba se partieron en dos, y durante un segundo la imagen de tres dioses se manifestó sobre tres objetos de extraordinaria manufactura: el Hacha del Señor de la Guerra, el Escudo de la Defensora y la Armadura del Herrero Tuerto.

Cómo es que pudo portar esas maravillas, os preguntaréis, pues estaban destinadas a ser blandidas tan sólo por aquellos dioses...

Portentosa fue la génesis de Beligeronte, como revelé al inicio de mi relato, pues tres veces vino al mundo mortal, una por cada objeto que debía portar. Tres diosas se ofrecieron como sus progenitoras, las mismas diosas que a su vez dieron a luz a aquellas deidades: Dumalasta, Diosa de las Pasiones y el Conflicto, madre del Señor de la Guerra, Beltístore, Diosa de las Montañas y las Grutas, madre de la Defensora, y Mneméter Diosa de la Inspiración, la Inteligencia y los Recuerdos, madre del Herrero Tuerto.

Las tres le gestaron en sus vientres y las tres ungieron su cuerpo con su sangre, pues Aster, el Dios Padre, dispuso que sus hijas sufrieran de nuevo los tormentos del parto para dar a luz al Azote del Caos.

Grandes hazañas llevó a cabo con aquella panoplia sagrada, dando muerte a la miríada de criaturas que los Dioses del Caos arrojaron en su contra. Lobos salvajes, monstruosas arañas de doce ojos, serpientes aladas que escupían fuego, engendros deformes cuya visión desafiaba la cordura de los mortales, seres inmundos y depravados, demonios que provenían de la oscuridad exterior y otros mundos desconocidos...

-------------

Las voces de los allí reunidos rugieron de furia en aquel punto de la narración. Unos afirmaban que Beligeronte les había engañado, pues las leyendas decían que sería su salvador, y no su carcelero. Otros, que nunca se debía confiar en un mortal, por buenos que fueran los augurios que le acompañaran. Pero tan pronto como surgió la disputa, el Narrador clavó una fulminante mirada en su público y habló con estas aceradas palabras:

-         ¡Ah, inconstantes! No alzasteis queja alguna cuando Beligeronte liberó Acrinea de la Bestia Cambiante que asolaba sus cultivos. ¿O es que habéis olvidado quién dio muerte al gigante Masteonte, que abrasaba las villas de Tetrafite o expulsó al Vacío Exterior al Dragón Esmeralda que transformó el Mar Interior en una laguna de ácido y azufre innavegable? A todos venció Beligeronte, y en vuestras tierras le honrasteis con regalos y bendiciones. ¿Acaso no derramaste abundantes lágrimas tú, Náufeles, cuando la gigantesca flota de tu rey Ilo se deshizo en la misma orilla de sus puertos? ¿Acaso impedisteis los sacrificios o cejasteis en el empeño de vuestras gentes en quemar los muslos de toda clase de bestias en los altares de los dioses?

El rubor hizo presa en los rostros de los congregados, sabedores de que las palabras del Narrador eran ciertas. El escrúpulo y la vergüenza sellaron sus bocas como tapón de cera en ánfora de vino y el relato siguió su curso.

-------


Pero por muchas huestes de monstruos que se interpusieran en su camino, los pasos de Beligeronte no se detuvieron, ni mermaba en su corazón el ánimo, y es así como se abrió paso hasta la frontera entre los Reinos Límite y las Mansiones del Caos.

Tan sólo había dejado una huella tras de sí al traspasar el velo entre ambos mundos, e inmediatamente el desasosiego se instaló en su corazón, pues sólo halló un inabarcable páramo desolado en cuyo cielo no brillaban las estrellas, y donde la sangre y el polvo de hueso se acumulaba en el horizonte formando dunas deformes como jorobas de camello. En cada una de las cimas se alzaba la morada de uno de los Dioses del Caos: la fortaleza de obsidiana de Kakypnos, el Señor de las Pesadillas, el bastión de acero y cristal de Aponiktós la Noche que se Cierne o la morada de herrumbre y hollín de Kataclismo, amo de la Decadencia y el Deterioro.

Siete Mansiones con siete horrendos moradores, con siete portalones que se vinieron abajo cuando Beligeronte convocó los poderes de su hacha sagrada. Y furiosos rugieron los Dioses del Caos, precipitándose sobre Beligeronte como una marea de destrucción. Las armas de los dioses golpeaban y detenían golpes con precisión divina, pero hasta en una panoplia como aquella se podía encontrar un hueco donde rasgar y atravesar la carne.

Beligeronte no pudo derrotar a tales poderes superiores, y finalmente una garra centelleante traspasó su defensa. Las fuerzas le abandonaron y la oscuridad veló sus ojos...

Su sombra descendió con la gloriosa panoplia a las tristes mansiones del Inframundo, traspasando el umbral entre el mundo de los vivos y los espíritus, en la Sima Inconmensurable. Las criaturas que allí moraban apartaron la mirada de aquel crisol descendente, pues su mera visión causaba un dolor atroz. Se presentó ante el Señor del Inframundo, soberano de las lúgubres profundidades, y así habló sin quebrantarse su valor:

-         No podréis retenerme en vuestro palacio por mucho tiempo, tenebroso señor, pues porto las armas de los Dioses. Si obráis contra mi voluntad me abriré paso entre tus sirvientes, como la guadaña siega la cebada y el fuego devora los bosques.

Éste no se arredró ante tales amenazas, pues bien sabía que en su morada las armas de los dioses celestes eran inútiles. Más aún, retó a Beligeronte a que cumpliera con su juramento. Y, en efecto, las armas celestes ni siquiera rozaron la oscura figura del dios.

-         Dos derrotas en un día son muchas para un mortal que estaba destinado a tan grandes hazañas. Relaja los miembros, acepta los dones del Inframundo y retén estas palabras en tu memoria: aquel que franquea la puerta que se adentra en mi triste morada no la traspasa de vuelta. Habéis consumado grandes gestas y os merecéis el descanso final. Desistid, pues nada queda más allá de este lugar que merezca vuestro esfuerzo.

Así habló el Señor del Inframundo, mientras una sonrisa se dibujaba en su boca, pero Beligeronte no se rindió y le respondió con aladas palabras:

-          Si las armas de los Dioses no pueden derrotarte, utilizaré mis armas de mortal.

Y tan pronto como puso fin al parlamento comenzó a realizar una lenta y sinuosa danza guerrera que se aceleraba por momentos. El dios quedó maravillado por su destreza, la ferocidad de sus gestos y el increíble erotismo de sus movimientos, de modo que quedó tan prendado de Beligeronte que ya nada podría negarle.

-----------

-          ¡Un momento! – exclamó uno de los reunidos. – ¿Beligeronte era una mujer?

-         Nunca dije que no lo fuera, Tiné – respondió el Narrador, visiblemente ofendido por la nueva interrupción de su relato. – Pero, ¿es acaso relevante dada la situación en la que nos encontramos?

-          ¡Acrecienta nuestra humillación, maldita sea tu ascendencia!

La voz de su señor se alzó como un torbellino, poniendo fin a la discusión de inmediato. Una lanza había traspasado de parte a parte el corazón de Tiné, arrojada desde el trono de piedra del monarca. Éste cayó al suelo con un estruendoso resonar de su armadura y sus miembros quedaron sin vigor.

-         Continúa la historia, hijo mío. Sea pues ésta una última advertencia para todos los que sientan la necesidad de interrumpir de nuevo tu narración. Ya no habrá más humillaciones para Tiné, pues en la triste morada del Inframundo podrá gloriarse de haber muerto a manos de alguien que le superaba en mucho en habilidad.

Un estruendoso silencio se extendió por la caverna como el que se extiende tras funesto alud de nieve en las montañas. El Narrador obedeció el mandato de su padre, y así continuó su relato.

--------

Tres fueron los presentes que recibió Beligeronte del Señor del Inframundo, pues tres veces yació con el dios. El primero de todos fue el perro Pandinos, la bestia infernal que utilizaba personalmente para dar caza a las almas que se perdían en el camino a su morada. Nada escapaba a la percepción de la bestia y era capaz de exhalar fuego por sus fauces.

El segundo fue una audiencia con Pangastro. La sombra de su insaciable tutor se encontraba pesarosa en la orilla de un tumultuoso río negro como la brea que era incapaz de cruzar, pues no sabía nadar. Beligeronte le pidió que le contara todos sus secretos, como ya hiciera en el mundo mortal. Pero esta vez Pangastro no pudo negarse, ligado como estaba a la voluntad del Señor del Inframundo.

-         Muy importante tiene que ser tu misión si has llegado hasta este lugar para sonsacarme todo lo que sé. Sea pues tu voluntad, ya que esta vez soy incapaz de negarme.

Así habló el gigante entre lamentos, y reveló sus secretos a la muchacha. En tiempos pretéritos los gigantes lucharon una vez contra los dioses, y aunque fueron derrotados y esclavizados a su voluntad, algunos Bienaventurados cayeron ante los forzudos colosos. Ése era el conocimiento que Beligeronte ansiaba, el modo en que se podía matar a un dios, pues de haberlo conseguido nunca habría descendido al Inframundo.

-         Antes de ejecutar el golpe fatal, a los dioses hay que extraerles la ambrosía del cuerpo. Golpea su cuello, la parte interior de sus muslos y el corazón. Cuando la ambrorragia les deje débiles y marchitos habrás de cercenarles la cabeza, pues sin el icor divino en las venas serán incapaces de regenerar otra.

Y con este conocimiento adquirido abandonó al gigante sumido en sus oscuros pensamientos.
El tercer regalo no fue otro que su renacimiento, para poder destruir a sus enemigos y cumplir con su destino. El Señor del Inframundo cumplió con su ruego y tan pronto como la afirmación salió despedida de sus labios su aliento divino penetró en los pulmones mortales de Beligeronte y sus ojos recobraron el brillo de la vida.

Con un rugido inarticulado su cuerpo recuperó el vigor y se alzó en el páramo yermo de las Mansiones del Caos, con la sombra de Pandinos a su lado. El hacha del Señor de la Guerra giró como un torbellino en su muñeca y los golpes se dirigieron a los puntos débiles que le revelara Pangastro.

El icor divino escapó de aquellas abominaciones en acelerada ambrorragia y pronto sus semblantes se tornaron grises y ajados hasta el punto en que, postrados ante ella, rogaron por su misericordia. Pero ninguna hallaron en Beligeronte, que con rápidos tajos les separó las cabezas de los cuerpos.

Y es así como la humanidad recibió los presentes de la caída de aquellos monarcas de la oscuridad, pues sus sueños ya no se verían perturbados por horrenda pesadillas, ni la locura haría presa en las mentes mortales, ni tampoco las enfermedades ni la vejez, aunque la muerte aún podría acontecer por voluntad del Señor de la Guerra o del Inframundo.

Tan pronto como atravesó la frontera de retorno a los Reinos Límite, las nubes del cielo se amontonaron como una jauría de lobos  y el Dios Padre, Aster, habló con voz de trueno a la heroína victoriosa:

-         Me has servido bien, Beligeronte. Las Mansiones del Orden se encuentran engalanadas en tu honor y no hay deidad que no ensalce tu hazaña, ni que reniegue brindar con sus pares con la inmortal ambrosía. Pero aún queda una misión que deberás ver cumplida si deseas alcanzar la divinidad junto a nosotros. Deberás viajar hasta la Sima Inconmensurable y dar muerte a los Guardianes de la Balanza. Sólo cuando finalices tu tarea podrás regresar a nosotros y recibirás tu merecida recompensa.

Beligeronte quedó contrariada por la nueva misión, pues ya fueron muchos los trabajos realizados en nombre de sus patrones divinos, pero no renegó de ella y asintió al dios padre antes de que éste desapareciera con un centelleo.

Pidió a Pandinos que le guiara hasta la morada de los Señores del Equilibrio Cósmico, mientras una oscura sospecha y el rencor crecía en su interior. ¿Se debía quizás a la influencia de la sangre divina que cubría su cuerpo tras la muerte de los Señores del Caos? ¿Fue quizás su relación con el Señor del Inframundo lo que le impulsó a obrar como os relataré a continuación? Quizás nunca lo sepamos.

Su fiel mastín le condujo hasta la entrada a la Sima Inconmensurable, un lugar inimaginable situado entre la frontera de los Reinos Límite y las Mansiones del Caos, imposible de discernir para un mortal, pero no para una criatura como Pandinos, pues nada escapaba al olfato de la bestia, menos aún cuando servía a uno de sus moradores: el Señor del Inframundo.

Atravesaron el umbral y tan pronto como tomaron tierra en su infinito descenso ya estaban esperándoles sus Guardianes: Tiempo, Natura, el Señor del Inframundo y tantos otros. Ella enarboló el hacha del Señor de la Guerra y se dispuso a cumplir con su cometido. Los Guardianes de la Balanza no se resistieron y ofrecieron sus puntos débiles para que acabara con su existencia.

Pero algo retuvo a Beligeronte, una reflexión sobre lo que ocurriría si cometía aquel nefando deicidio. Con la caída de la Balanza, el tiempo se detendría, así como la muerte, el nacimiento y crecimiento de todo lo existente. Ningún cambio acontecería, pues sólo orden e inacción restaría, ¿era acaso ésa la recompensa que esperaba obtener? ¿Era acaso ése su regalo para la humanidad?

Los Señores de la Balanza hablaron con una sola voz, y advirtieron a Beligeronte que el Equilibrio se había roto con la destrucción de los Señores del Caos, y que los Dioses del Orden, en su locura, acabarían con la existencia misma si aquella mortal cumplía con su mandato sin reparar en las consecuencias.

------------

-         El resto de la historia es cosa sabida por todos los presentes – clamó el Narrador ante unos oyentes cada vez más demacrados y marchitos: el icor divino ya no fluía por sus venas,  – Pues como sabéis, Beligeronte urdió un plan con los Guardianes de la Balanza para darnos una lección por la que aún pagamos las consecuencias.

>> Le revelaron nuestros secretos para que pudiera acabar con todos nosotros. Y cuando todo estuvo dispuesto, abrió el saco donde contenía a Ragé y éste le transportó hasta nuestras divinas moradas celestes. Aster la recibió con efusividad, pues creíamos, que había cumplido con la misión encomendada. Pero ella negó con la cabeza hasta tres veces, pues tres veces le inquirimos sobre el asunto. Entonces el Señor de la Guerra le preguntó por qué había regresado, a lo que Beligeronte respondió: “Para acabar con vuestro reinado de locura”

>> El Dios Padre bramó de ira haciendo que las nubes se amontonaran a su alrededor, y antes de que Beligeronte pudiera causarnos daño alguno dio la orden para que le despojaran de las armas sagradas. La Guardiana reclamó su escudo, y éste voló directo hacia su mano. El Señor de la Guerra enarboló su hacha tan pronto como ésta se posó en su diestra. El Herrero Tuerto alzó su martillo y golpeo el Yunque de la Creación y el estruendo que le siguió hizo que la armadura se hiciera añicos como si de cristal se tratara. La guerrera estaba lista para el sacrificio por su insolencia y rebeldía. Aster cerró el puño sobre el Mastigópiro, el látigo de rayos con el que azota las nubes de agua y ambrosía, y con un movimiento tan rápido como el viento lanzó un certero golpe directo al corazón de Beligeronte.

Todos los congregados se encogieron de temor dejando escapar algunos gritos ahogados, pues conocían muy bien lo que ocurrió después: su destrucción, su ruina y su encierro en aquel lugar, para languidecer hasta el fin de su existencia.

-         Beligeronte alzó el brazo y atrapó el Mastigópiro, sin recibir daño alguno. Parecía que los ojos de los presentes iban a salirse de las órbitas ante aquel portento. Y entonces rugió “Desdichados. Pues creíais tenerme a vuestra merced. El Mastigópiro también está destinado a mí, como lo estuvo vuestra hacha, escudo y armadura. Tomé buena nota de vuestras tretas, y hete aquí que me presento ante vosotros como Beligeronte Tetragenia, ¡pues Natura dio a luz a Aster y así lo hizo también conmigo!” Y de un tirón arrebató el temido Mastigópiro de tus manos, oh padre, y con el restallar de aquel látigo portentoso golpeó a diestra y siniestra a todo aquel que se le acercara.

>> Beligeronte conocía los secretos de aquella arma legendaria de boca de los Guardianes de la Balanza. Pues como todos sabéis, el vapor de la grasa de los sacrificios en nuestro honor se acumula en densas nubes rosáceas, que sólo pueden discernirse al amanecer o atardecer de los días, justo en el momento en que mi mirada no se posa en el mundo. En ese instante es cuando Aster envía a sus jaurías celestes a la caza de dichas acumulaciones para dirigirlas sobre nuestra morada. Allí nuestro padre las azota con el látigo flamígero y ellas precipitan la ambrosía en las fuentes y barreños de oricalco dispuestos a tal efecto para podernos alimentar. ¡Del mismo modo azota las nubes hidróferas para precipitar tormentas sobre la tierra de los Reinos Límite!

>> Beligeronte sabía de tales poderes y utilizó el Mastigópiro en nuestra contra, pues en lugar de extraer la ambrosía de las nubes, el golpe del rayo extrajo la ambrosía de nuestras venas, que salió en torrencial ambrorragia. Y a todos los que a pesar de su demacrada situación osaron luchar con ella los decapitó con un certero golpe del arma.

>>De tal modo los más belicosos de entre nosotros cayeron los primeros, pues así les impulsaba su naturaleza: el Señor de la Guerra, la Guardiana, los Arqueros Gemelos o la veloz Eole.

>> El resto de nosotros, inermes o incapaces, buscamos la protección de nuestro padre Aster colocándonos detrás suya y derramando lágrimas de desesperación ante la destrucción acontecida. Fue entonces cuando nos condujo hasta esta trampa en la que languidecemos por obra del tirano Tiempo, pues cada hora que ha transcurrido en este lugar supone un año sobre nuestros cuerpos desprovistos de inmortalidad.

>> Para aumentar nuestro calvario, Beligeronte azotó una pequeña nube de ambrosía y precipitó su sustancia sobre la copa de oricalco de nuestro dios padre, para que sólo él bebiera y pudiera contemplar cómo uno a uno languidecemos y nos sobreviene la muerte. ¡Qué opciones nos quedan, desdichados de nosotros! ¡Pues si intentamos huir de este lugar nuestro paladín y verdugo nos espera para separarnos las cabezas de los cuellos!

------------

Aster se secó las lágrimas con el antebrazo cuando el Narrador, el Niño Astral, se tendió a sus pies y exhaló su último aliento. Ante él los muchos dioses que antes conformaban su orgulloso panteón yacían como una alfombra de cuerpos decrépitos y huesos quebradizos.
Y a pesar de su tristeza, todo se había resuelto de acuerdo con sus planes.

Pues, ¿quién si no él había decretado el nacimiento de la beligerante Beligeronte? Las tres diosas no deseaban acatar su mandato, y formularon palabras proféticas: “Si permitimos que un mortal porte las armas sagradas de nuestros hijos para destruir a nuestros odiados enemigos, ¿cómo evitarás que esas mismas armas se vuelvan en nuestra contra, Aster?”.

El dios padre conocía muy bien la respuesta, pues así lo había dispuesto cuando consultó al Oráculo en la Sima Inconmensurable. Aquel guardián del equilibrio le advirtió que su prole se había extendido en demasía, pues ya sólo siete Dioses del Caos se oponían a las cincuenta deidades celestes.

-         Debes reducir vuestro número, Aster, o nos precipitaremos hacia la Inexistencia. Como Guardián del Orden no podrás crear el Caos que restablecerá el Equilibrio, pues no está en tu naturaleza ni en tus capacidades. Válete pues de las capacidades de un mortal y nosotros te proporcionaremos los medios.

Y así lo dispuso el Dios Padre, pues cuando se designaron a los tres mentores que educarían a Beligeronte, fue precisamente la elección de Pangastro obra de Aster. Puesto que el Gigante Insaciable guardaba un juramento inquebrantable con el Dios Padre desde el momento en que su raza fuera aniquilada por los Dioses.

El gigante no sería capaz de revelar sus más profundos secretos, como era el conocimiento de dar muerte a los dioses, y Beligeronte se precipitaría en el Inframundo en el momento en que se enfrentara a los Dioses del Caos. Sólo en las tristes moradas de los muertos Pangastro quedaría desligado de su juramento y podría hablar con libertad con el Azote del Caos. Así lo designó el soberano celeste, a espaldas del resto de deidades celestiales.

Pues no fue el Señor del Inframundo el que se prendó de la belleza y gracilidad de la heroína, sino el mismo Aster, que bajo un disfraz tomó la forma del sombrío señor, pues los Guardianes del Equilibrio así se lo permitieron, con el fin de poner Orden en el Caos futuro.

Tres veces yació con la heroína el padre de los dioses y tres serían los vástagos que vendrían al mundo en los años venideros. Pero la naturaleza de los mismos escapaba al escrutinio del señor de los Cielos, pues ni siquiera el Oráculo tuvo a bien revelársela, ya que el Guardián sospechaba que intentaría influir en su carácter para posicionarles de su lado.

Aster temió que la Balanza Cósmica buscase la destrucción de los Dioses del Orden para crear un mundo gobernado por su influencia. De este modo también él cayó en la telaraña de su propia trampa y dio la orden a Beligeronte para destruir a los moradores de la Sima, pues temía el fin de su reinado.

Beligeronte tomó una decisión, pues los actos irracionales del Dios Padre condenaban la existencia misma de la vida y el Cosmos. Descubrió su parentesco con Natura y ella la acogió en su seno durante el tiempo necesario para que el Mastigópiro la reconociera como digna portadora. El informe Tiempo lo dispuso todo para que en tan sólo un instante transcurrieran eras de gestación divina y Beligeronte surgió de la tierra fecunda en una explosión de tierra, humus y lava.

Nada escapaba a la perspicacia de los Señores del Equilibrio, de modo que conformaron una tabula rasa en los panteones de los Reinos Límite valiéndose de aquella guerrera.

La Balanza volvió a situarse en equilibrio.

Tras todo lo ocurrido, Beligeronte era consciente de que con sus actos había despertado a los poderes del Caos de nuevo, y que ella sería el recipiente para aquellas fuerzas que pronto harían presa de su ser, pues ni el más poderoso de los héroes puede enfrentarse a tales fuerzas ruinosas sin verse influenciado por su cautivadora atracción.

Un único dios restaba para restablecer el Orden en los Reinos Límite, y una nueva diosa, Beligeronte, para desatar el conflicto en los mismos. Con el Mastigópiro en su poder, el antaño Azote del Caos quebró nubes de ambrosía y lluvia para que su sustancia se vertiera en el mundo.

Los Guardianes del Equilibrio hicieron uso de sus poderes para que aquel acto de puro y desmedido desorden restableciera el equilibrio previo, y a aquellos mortales que tocó la ambrosía se transformaron en dioses inmortales, repartidos a partes iguales al servicio del Orden, el Caos y el Equilibrio.

La lluvia mezclada con la ambrosía creó los nuevos héroes que lucharían para dirimir las disputas entre los dioses, pues así establecieron los Guardianes de la Balanza que se resolvieran los conflictos entre los tres credos desde entonces.

Muchas batallas se librarían en el futuro por la supremacía, pero de nuevo era algo que escapaba al escrutinio de Aster, encerrado como estaba en las profundidades de la Sima Inconmensurable.

¿Era quizás su destino que alguien consiguiera liberarle para erguirse de nuevo como soberano celeste? ¿Serían quizás los tres vástagos de Beligeronte los encargados de realizar dichas tareas? ¿Era esta su recompensa por tantos siglos dedicados a salvaguardar el mundo de la influencia del Caos? Quién sabía. Tan sólo restaba una cosa por hacer.

Con paso decidido se acercó al cadáver del demacrado, antaño hermoso, Niño Astral, el Narrador de Historias. Extrajo sus ojos de las cuencas y los arrojó con todas sus fuerzas hacia el exterior. Primero uno; después el otro. Su luz bañó los cielos una vez más, pero ya no como los globos oculares de su curioso vástago sino como los nuevos astros solar y lunar.

Como soberano celeste, aún podría observar a través de aquellas esferas incandescentes los hechos que acontecerían en las eras venideras sobre la tierra de los Reinos Límite. Tenía toda la eternidad para hacerlo. El deiforme Aster se sentó de nuevo en su trono, admirado con la devastación acontecida contra sus hijos y hermanos. Alzó la copa de ambrosía, y con un sombrío pensamiento bebió de la inmortalidad líquida con un brindis:

“Por Beligeronte Tetragenia, la única mortal que pudo gloriarse de haber sido más inteligente que el Padre de los Dioses”.